“¿Cómo sería un mundo sin abogados?” Inevitablemente hoy 29 de agosto, como viene ocurriendo hace años para esta fecha, junto a los tradicionales saludos de amigos y clientes, a los letrados por nuestro día también nos llegará inevitablemente la irónica referencia a ese famoso fragmento de la serie animada más popular (los Simpsons) que imagina un paraíso feliz y armonioso, sin leyes ni sus intérpretes.
Ojalá fuera así. Pero la historia de la humanidad lo ha enseñado hasta el cansancio: donde no hay normas, inevitablemente siempre reinará el abuso de los poderosos por sobre una mayoría oprimida por el temor. No hay lugar en el planeta donde no se reconozca que sólo puede convivirse mediante la aceptación general de las primeras reglas que limitan el uso del poder, garantizan los derechos y organizan la vida social. Esa es la génesis de la existencia de una ley fundante en todos los Estados, a partir de la cual se desprende la plataforma de seguridad jurídica que permite la evolución de toda sociedad. En Argentina esa ley fundamental se trata justamente de la Constitución Nacional de 1853 que debemos a su principal mentor, el abogado tucumano Juan Bautista Alberdi, a quien honramos hoy en recuerdo de su natalicio.
Pero es más que evidente que la sola existencia de las normas tampoco garantiza la armonía social: a diario leyes y derechos son vulnerados de formas grotescas o sutiles. Y allí nace la razón de ser de nuestra profesión para lograr el respeto pleno del derecho de todos, en todas sus especialidades (civil y comercial, penal, familia, administrativo, electoral…). Y esa función social es más notoria cuando se analiza la evolución social que produce la denuncia abogadil por el reconocimiento de derechos aún no reconocidos o sectores sociales eternamente postergados: como lo hizo nuestro Mariano Moreno para encender la llama de la rebelión criolla contra el colonialismo; como Mahatma Ghandi con su revolución pacífica para liberar a la India del yugo imperial británico; o como el más reciente Nelson Mandela para denunciar la injusticia del apartheid sudafricano que despreciaba a la mayoría negra, entre tantos ejemplos de abogados que impugnaron regímenes injustos y opresivos.
Más cerca aún del tradicional foro platense podemos invocar a los colegas emblemáticos que pugnaron por el reconocimiento de los derechos de los trabajadores (como Alfredo Palacios o Arturo Sampay), de las mujeres (fue la platense María Angélica Barreda quien logró vencer la reglamentación excluyente de género y se convirtió en la primera abogada argentina, hace casi 100 años), de la discapacidad (Ester Adriana Labatón luchó por las primeras rampas a edificios públicos), o de los perseguidos y detenidos políticos (la referencia obligada es para Sergio Karakachoff y Domingo Teruggi, entre tantos colegas abatidos sólo por cumplir con su deber profesional), y así en tantas otras áreas donde a diario miles de letrados exigen que se respeten derechos y garantías de vecinos ante el riesgo ambiental, de consumidores ante prácticas comerciales abusivas, o de ciudadanos ante los abusos o las omisiones del poder.


AUTOCRITICA Y EVOLUCION


Por eso, si pensar en un mundo sin médicos importaría antes garantizar la erradicación de todas las enfermedades y los riesgos sanitarios; así de utópico entonces es pretender un mundo sin abogados, sobre todo cuando por la naturaleza humana y las complejidades cada vez más frecuentes de un mundo globalizado e invasivo (pensemos solo el nuevo fenómeno de las redes sociales), el abuso, la violencia, la corrupción y la injusticia están siempre presentes. Pero en nuestro rol de armonizadores del omnipresente conflicto, es entonces cuando sí los propios abogados debemos subir la vara de nuestro presente y autoexigirnos el estar a la altura de las necesidades actuales que nos reclama la sociedad: debemos hacernos cargo que la mala prensa de nuestra profesión es también fruto de permitir que para buena parte de la sociedad los referentes actuales de nuestra actividad sean colegas de nulo mérito académico o social y que se reputan exitosos sólo por su compromiso con el dinero o la ostentación farandulesca. Lejos de una ambición desmedida, muchos de los que abrazamos esta vocación heredamos de nuestros padres, maestros y referentes profesionales un profundo legado de valores que debemos seguir levantando, como a diario lo hacen tantos colegas en estudios particulares, oficinas públicas, consultorios gratuitos, o en las defensorías oficiales por defender cada derecho avasallado.
Por eso, mientras celebramos nuestro día, también debemos honrarlo tomando conciencia de la necesidad de volver a jerarquizar nuestra participación en los temas relevantes de la sociedad pero a través de nuestros representantes más notables, para liderar tanto los espacios de asociación profesional (con una visión más inclusiva y generosa), como así para recuperar un mayor protagonismo universitario de nuestra facultad con nuevas pretensiones de excelencia por encima de la siempre latente mediocridad burocrática. Todo ello para cumplir con el compromiso irrenunciable de capacitar a los futuros colegas para una profesión de esfuerzo constante y deuda social eterna; para convertirlos entonces en auténticos luchadores por el Derecho.